Posteado por: antuche | octubre 24, 2008

Articulo(2)Annapurna: el lugar de la mujer está en la cumbre

14 MOMENTOS DEL OCHOMILISMO

Relato de la ascensión de una expedición íntegramente femenina al Annapurna en 1978 por la ruta holandesa establecida el año anterior, que puso en la cumbre a la checoslovaca Vera Komarkova y a la americana Irene Miller.

Cuenta la anécdota de que en el siglo XIX una mujer, con ocasión de su ascenso a una cumbre alpina, le comentó a su compañero: «Dijiste que ninguna mujer podría subirla». Él respondió: «Dije una dama».

Nos encontramos en 1978, en plena efervescencia de expediciones al Himalaya. Se ha logrado ascender cada una de las 14 cumbres principales de ocho mil metros. Apenas quedan grandes misiones exploratorias en la superficie terrestre, pero permanecen inmaculados tantos retos alpinos que es difícil hacerse a un lado. La mujer empieza a tomar relevancia en el ochomilismo. El camino lo iniciaba la japonesa Junko Tabei, en 1975, cuando ascendía la ruta normal del Everest y alcanzaba la cumbre con Ang Tsering. Esa misma temporada una multitudinaria expedición china ponía a la tibetana Phantog en la misma cima, carcajeándose una vez más de la desafortunada cita aparecida en un artículo de 1838 que definía a la mujer alpinista como “una virgen que es incapaz de encontrar u obtener un hombre con quien casarse”. Han pasado cien años y las eras han iniciado una carrera inigualable en todos los campos, pero la mujer continúa minusvalorada en la senda de las grandes montañas y hacen falta más ejemplos que encumbren la actividad femenina.

En el 78 escalar el Annapurna sonaba razonable. Pero ¿por una expedición exclusivamente femenina? 13 mujeres pensaban que su lugar durante aquel otoño estaba a los pies de esa altiva Diosa de la Abundancia. La expedición sería liderada por Arlene Blum (1945), una escaladora de Chicago cuya perseverancia la había llevado a ascender, ocho años antes, el Denali, la cumbre más alta de Norteamérica, convirtiéndose en la primera mujer en hacerlo, lo que le valdría una invitación para intentar el Everest en el 76.

Arlene había escogido para su equipo a lo más granado del alpinismo afincado en los Estados Unidos. Vera Komarkova, una botánica de Pisek (Checoslovaquia) cuya afición a la montaña desembocó en dos matrimonios fallidos y un traslado a Boulder, avalada por su currículum en las paredes de Tatras y los Cárpatos, y Alison Chadwick-Onyszkiewicz, quien había inaugurado el Gasherbrum III junto a Wanda Rutkiewicz en 1975, serían las puntas de lanza de una expedición que también contaba con Irene Miller, jefa de suministros, Joan Firey, Liz Klobusicky-Mäiländer, la médico Piro Kramar, Margi Rushmore, Vera Watson, Annie Whitehouse, la administradora del base Christy Tews y un equipo de filmación formado por Dyanna Taylor y Marie Ashton.

Blum encontraba a Komarkova la más enigmática de las mujeres que había conocido. El carácter combativo de la checoslovaca llevaría a más de una discusión por diferentes aspectos logísticos de la escalada.

La intención inicial había sido contratar solo mujeres sherpas, pero Arlene descubrió que éstas solo estaban interesadas en labores como la colada y la cocina, una actitud que, a la vista del espíritu feminista de la expedición, se consideró remilgada . El sadar Lobsang Tsering, lideraría el equipo de apoyo local para el intento a la cara norte donde escogerían entre dos rutas: la holandesa del 77, abierta por el equipo encabezado de Alexander Verrijn Stuart (1923-2004), que ponía tres hombres en la cima, y la española del 74 a la cumbre este (8.026 metros), abierta por J.M. Anglada y E. Civis, quienes lograban con su escalada el primer éxito del ochomilismo español.

El Annapurna había sido el primer ochomil en ser ascendido a manos dos jóvenes algo ingenuos, pero con una fuerza de voluntad irreprochable, como Louis Lachenal y Maurice Herzog, pero se la consideraba (y aún hoy es así) uno de los ochomiles más exigentes. Lachenal y Herzog se enfrentaron a uno de los retos de mayor envergadura de la exploración alpina. La conquista de su cara norte fue el primer paso para una actividad que se había cobrado dedos, mentes y vidas a partes iguales. Alison Chadwick escribiría a su marido, Janusz Onyszkiewicz: “La vida en el Annapurna es una constante ruleta rusa. Es la montaña más peligrosa que he visto”. Para el equipo era la montaña por excelencia, una hazaña vital incomparable a las ascensiones en Alpes o Alaska, una meta que solo se podría alcanzar aprentando el corazón e invocando la clemencia del santuario de cumbres y lenguas de nieve que la envuelve.

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